
Espejo.
EN casa hay pocos y pequeños, había.
Me compré un espejo grande, GRANDE, XL.
Y me vi…
No soy particularmente amiga de mirarme en los espejos, ya lo sabes. No soy de las que van por la calle y se miran en las vidrieras. Me compro ropa sin probármela (odio probarme la ropa en esos mini vestidores, con calor y mal iluminados). Pero me ví.
¡Ay! Nunca vi tan de cerca el cambio violento en un cuerpo. Claro, ya lo se: el cambio no fue violento, pero yo me re-encontré conmigo como dos años después.
Honestamente, ya se lo que pasó, pero me da vergüenza contarlo.
Hace un par de semanas, coincidentes con la llegada del espejo a casa, me di cuenta que estoy mas cerca de los 30 que de los 20… MUCHO más cerca, peligrosamente mas cerca. Y todas esas cositas que le escuchaba a decir a las “treintañeras” hoy son mías.
Y escucho a las “Veinteañeras” decir: -Yo como de todo- y pienso -Ya te va a llegar-, con un dejo de nostalgia y porque no, de envidia.
También reconozco que no tengo 40, pero tengo casi 30 y… en el cuerpo se notan. En el cuerpo y en los cajones y en los estantes y en la cuenta bancaria.
La ropa ya no es cualquiera. Ya no tengo “lo que se usa” por que “lo que se usa”, ya no me queda o me sienta pésimo (y si nunca me gusto mucho ir a la moda, hoy por hoy hasta me da bronca)
Ni hablar de las polleras o shorts cortitos. Esos hacen que se vean mi última adquisición, unas venas verdosas/azuladas que tengo en las piernas y que se notan desde varios metros de distancia.
Las estanterías están llenas de cremas. Una para las arrugas de la frente y las patas de gallo (no soy un pergamino, pero dame tiempo), una para el cuerpo y una para el sector que creció, insisto, violentamente, en los últimos 2 años y que trajo consigo un hermoso padecimiento: la celulitis.
Mi cuenta bancaria sufre: No me gusta comer cualquier cosa pero además, no me puedo dar ese lujo, todo lo dicho arriba sustenta esta afirmación.
Mis debates entraron seriamente a formar parte de la ambigüedad entre lo que me gusta y lo que me hace bien.
Y es ahí adonde entran los consuelos: “…Soy mas intelectual que física y mas racional que práctica…”, ó “…tengo otras prioridades en la vida, y el que me quiera que lo haga asi, como soy…” entonces, me dirijo hacia el espejo, y sonrío y me digo que tengo que aprovechar ahora, porque en unos 5 años mas, según mi propia curva de desgaste, voy a dar pena.
(A vos vieja, te digo, tus comentarios para esta entrada no valen, para vos siempre voy a ser hermosa y tu falta de objetividad, me asusta)
EN casa hay pocos y pequeños, había.
Me compré un espejo grande, GRANDE, XL.
Y me vi…
No soy particularmente amiga de mirarme en los espejos, ya lo sabes. No soy de las que van por la calle y se miran en las vidrieras. Me compro ropa sin probármela (odio probarme la ropa en esos mini vestidores, con calor y mal iluminados). Pero me ví.
¡Ay! Nunca vi tan de cerca el cambio violento en un cuerpo. Claro, ya lo se: el cambio no fue violento, pero yo me re-encontré conmigo como dos años después.
Honestamente, ya se lo que pasó, pero me da vergüenza contarlo.
Hace un par de semanas, coincidentes con la llegada del espejo a casa, me di cuenta que estoy mas cerca de los 30 que de los 20… MUCHO más cerca, peligrosamente mas cerca. Y todas esas cositas que le escuchaba a decir a las “treintañeras” hoy son mías.
Y escucho a las “Veinteañeras” decir: -Yo como de todo- y pienso -Ya te va a llegar-, con un dejo de nostalgia y porque no, de envidia.
También reconozco que no tengo 40, pero tengo casi 30 y… en el cuerpo se notan. En el cuerpo y en los cajones y en los estantes y en la cuenta bancaria.
La ropa ya no es cualquiera. Ya no tengo “lo que se usa” por que “lo que se usa”, ya no me queda o me sienta pésimo (y si nunca me gusto mucho ir a la moda, hoy por hoy hasta me da bronca)
Ni hablar de las polleras o shorts cortitos. Esos hacen que se vean mi última adquisición, unas venas verdosas/azuladas que tengo en las piernas y que se notan desde varios metros de distancia.
Las estanterías están llenas de cremas. Una para las arrugas de la frente y las patas de gallo (no soy un pergamino, pero dame tiempo), una para el cuerpo y una para el sector que creció, insisto, violentamente, en los últimos 2 años y que trajo consigo un hermoso padecimiento: la celulitis.
Mi cuenta bancaria sufre: No me gusta comer cualquier cosa pero además, no me puedo dar ese lujo, todo lo dicho arriba sustenta esta afirmación.
Mis debates entraron seriamente a formar parte de la ambigüedad entre lo que me gusta y lo que me hace bien.
Y es ahí adonde entran los consuelos: “…Soy mas intelectual que física y mas racional que práctica…”, ó “…tengo otras prioridades en la vida, y el que me quiera que lo haga asi, como soy…” entonces, me dirijo hacia el espejo, y sonrío y me digo que tengo que aprovechar ahora, porque en unos 5 años mas, según mi propia curva de desgaste, voy a dar pena.
(A vos vieja, te digo, tus comentarios para esta entrada no valen, para vos siempre voy a ser hermosa y tu falta de objetividad, me asusta)















