Madre siempre supo como engañarnos a mi hermana y a mi.
Un poco de teatro por aquí, un poco de mentiritas por allá.
Cuando no había un mango, disfrazaba comida hasta que parezca de Restaurant Francés y le ponía nombres como "tarta primavera". Bastante inocente era yo, claro, de no ver que dicha comida iba variando de ingredientes semana a semana, pero siempre se llamaba igual. Mejor hubiese sido llamarla "tarta loquehayenlaheladera".
Cuando pasaba algo que nos ponía tristes, enseguida nos llevaba al parque, o a jugar a las cartas al living de casa, el que muchos años después entendí que era su pieza. Que había cedido la única habitación del hogar -hasta que hubo plata para remodelar- para mi hermana y para mi.
Pero cuando se lo menciono hoy, dice que "no era para tanto" y se rie.
Madre tiene un berretin, tiene muchos, pero tiene uno en especial que es parte de sus engaños que me hace escribir hoy.
Cuando de pequeñas nos sobreexcitabamos por algún plan, un cumpleaños, un campamento, un viaje, ella nos decia: "Mira: hoy es lunes tenes escuela. Mañana es martes y cuando salis de ingles ya dormis y es miércoles. Te descuidaste y es jueves y al otro día ya te vas".
Si esto fuera un tribunal, no iria presa por engaño. Técnicamente era cierto. Lo que nos armaba, era una cuenta regresiva ficticia cual utopía, esa que dice Galeano que sirve para caminar.
Hoy tengo un amor que veo los fines de semana. Y no puedo mas que sonreir cuando llego el lunes a casa, y empiezo a decirme: "Lunes tengo ocupado todo el dia asi que recien se cuenta el martes que pasa volando porque a la tarde tengo guitarra..."
Los caminos que te forman.
Caminos que construyen.
Mentiras disfrazadas que ayudan a armar(se).
Bienvenidas sean.
"Quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no son merecedores ni de la libertad ni de la seguridad" B.F.
lunes, 5 de mayo de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
Pequeñas obsesiones ilustradas
Tengo un ritual.
Tengo muchos rituales, si no fuera tan parecida a Dora, sin lugar a dudas sería el Hombre de las Ratas.
Qué estructura podríamos encontrar en estado de pureza? Qué histérica no tiene alguna obsesión y qué obsesivo no es un poco insatisfecho?
Pero esto es parte de otro relato.
Lo cierto es que, repito, tengo un ritual.
Los objetos mas preciados para mi son los libros. Es una especie de fetiche mezclado con nostalgia. Uno de los pocos fetiches que tengo, una característica mas de mi nostalgia.
Tengo, al lado de la cama, un mueble que hace las veces de mesa de luz (qué nombre ese, como si la mesa no estuviera hecha de madera, como aquellos que piden en los bares "un vaso de agua") y que me permite acumular libros por la cantidad de estantes que tiene.
Pero no cualquier libro. No crean que mi rituobsesión es tan sencilla.
Sólo libros que he comprado -por lo general- complusivamente, y que todavía no he leído o no he terminado.
En fechas de cumpleaños y Navidad (ambas muy cercanas entre si) la pila aumenta notablemente.
En fechas de vacaciones o menor cantidad de trabajo la pila disminuye del mismo modo.
Pero esto no es parte del ritual.
O si, pero no es su punto cúlmine.
El momento mas bello, alegre y triste a la vez (no son acaso siempre asi?), es cuando termino la lectura de algún libro, y tengo que elegirle un lugar en mis bibliotecas.
Es un ritual que adoro y sostengo.
Y hoy pensaba, que un poco así son las relaciones.
Uno las mantiene en determinado sector, del cuerpo, de la intelectualidad, de la subjetividad y a veces, es necesario moverlas.
No generar nuevas.
No dejarlas a medio terminar.
Moverlas.
Porque, aunque aconsejo algunos rituales, es sumamente complejo elegir un lugar para algo y dejarlo allí: estanco, bloqueado en su intensidad, sin posibilidad de crecer, de multiplicarse y, porqué no, de huir.
Claro, no estoy lista para soltar mis rituales, mi nostalgia y algunas relaciones.
Solo voy a intentar de(s)velarlas, porque, y esto es profundamente irrefutable, cuando ves algunas verdades, ya no es posible volver a cubrirlas.
Lo que no se, es qué voy a hacer con el rincón de casa que esta lleno de los velos que estoy acumulando y ya no sirven.
Espero no dejarlos ahi juntando polvo, como hago con algunos libros, sólo por el hecho de no soltar, aunque ya no los lea y no pueda aprender nada de ellos.
Tengo muchos rituales, si no fuera tan parecida a Dora, sin lugar a dudas sería el Hombre de las Ratas.
Qué estructura podríamos encontrar en estado de pureza? Qué histérica no tiene alguna obsesión y qué obsesivo no es un poco insatisfecho?
Pero esto es parte de otro relato.
Lo cierto es que, repito, tengo un ritual.
Los objetos mas preciados para mi son los libros. Es una especie de fetiche mezclado con nostalgia. Uno de los pocos fetiches que tengo, una característica mas de mi nostalgia.
Tengo, al lado de la cama, un mueble que hace las veces de mesa de luz (qué nombre ese, como si la mesa no estuviera hecha de madera, como aquellos que piden en los bares "un vaso de agua") y que me permite acumular libros por la cantidad de estantes que tiene.
Pero no cualquier libro. No crean que mi rituobsesión es tan sencilla.
Sólo libros que he comprado -por lo general- complusivamente, y que todavía no he leído o no he terminado.
En fechas de cumpleaños y Navidad (ambas muy cercanas entre si) la pila aumenta notablemente.
En fechas de vacaciones o menor cantidad de trabajo la pila disminuye del mismo modo.
Pero esto no es parte del ritual.
O si, pero no es su punto cúlmine.
El momento mas bello, alegre y triste a la vez (no son acaso siempre asi?), es cuando termino la lectura de algún libro, y tengo que elegirle un lugar en mis bibliotecas.
Es un ritual que adoro y sostengo.
Y hoy pensaba, que un poco así son las relaciones.
Uno las mantiene en determinado sector, del cuerpo, de la intelectualidad, de la subjetividad y a veces, es necesario moverlas.
No generar nuevas.
No dejarlas a medio terminar.
Moverlas.
Porque, aunque aconsejo algunos rituales, es sumamente complejo elegir un lugar para algo y dejarlo allí: estanco, bloqueado en su intensidad, sin posibilidad de crecer, de multiplicarse y, porqué no, de huir.
Claro, no estoy lista para soltar mis rituales, mi nostalgia y algunas relaciones.
Solo voy a intentar de(s)velarlas, porque, y esto es profundamente irrefutable, cuando ves algunas verdades, ya no es posible volver a cubrirlas.
Lo que no se, es qué voy a hacer con el rincón de casa que esta lleno de los velos que estoy acumulando y ya no sirven.
Espero no dejarlos ahi juntando polvo, como hago con algunos libros, sólo por el hecho de no soltar, aunque ya no los lea y no pueda aprender nada de ellos.
Etiquetas:
Mis Historias Compartidas,
Psicoanálisis y Sociedad
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Extra! Extra!
Largó la Temporada alta de neurosis!
-No se con quien pasar las fiestas si con su flia o con la mia.
-Esta mierda capitalista de las compras: luchar o comprar todo el 24/12 a la tarde?
-No se ni para que me gasto en cocinar si no quiero a ninguno de los que viene.
-No puedo ni pensar que voy a hacer mañana y el denso quiere que le diga que hago para el 31.
-Otro año mas que paso sin pareja.
-Comparado con ______ (inserte año) este año fué lo (mejor/peor) que me pasó.
-Qué carajo voy a festejar este año de mierda.
-No doy mas.
Loop and repeat.
Agrandaremos su combo de "que sol@ estoy" el 14 de febrero.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Y también otras cosas
Un objeto es un objeto, aunque puede ser infinitas cosas.
Una maceta puede ser un balde,
una cuchara, un espejo,
una rama, una varita mágica,
y un mostrador puede ser una barra de un bar, o una muestra de la separación de espacios, bien podría ser una pared para algunos petisos, o un muro para una hormiga.
Un mostrador en una escuela.
Una escuela que (se) creía inclusiva.
Un mostrador que, puesto dentro de un salón al que llegan los estudiantes para sentirse alojados, divide, separa, fracciona y demuestra. Demuestra que allá están ellos, y acá nosotros: los adultos, los que -aparentemente- tenemos el saber y manejamos el poder.
Ellos, los que consideramos alumnos y no estudiantes, están del otro lado.
Hasta hace poco estaban ENTRE nosotros pero claro, esta escuela no está por fuera de la sociedad.
Una sociedad que en cuanto siente la inclusón, excluye.
Y no, no es sólo un mostrador.
Consulto a cuanto ser humano se me cruzó dentro de la insitución y nadie sabe bien quien lo colocó allí ni porqué. Y me miran como a una loca, que pregunta sinsentido "porque no está bien y jode con boludeces."
Y no. No estoy bien. No entiendo porqué.
Porqué separar a los estudiantes de los preceptores que hasta ese día los alojaban.
Porqué no preguntarse por la colocación de un mueble innecesario para todos.
Porqué quedarse de brazos cruzados ante la pregunta ajena.
Y así, cuando entra una basurita en el ojo y uno no puede seguir. O cuando intentamos recordar algo y nuestra memoria nos juega una mala pasada. Así me quedé yo. Mal. Molesta. Inquieta. Ansiosa.
Descreida de aquella que supo ser mi escuela y me alojó en casi todas las etapas de mi vida.
Una escuela que incluía y hoy me expulsa.
A mi y a cuanto niñojovenadolescentepadremadretutoroencargado se digne a cruzarse.
Escuela en la que no existe la intimidad de las problemáticas singulares.
Puede que sea una expresión local de un malestar social.
Está bien, lo entiendo.
Una escuela puede ser un dato.
Tanto como un mostrador puede ser un indicador de políticas educativas.
Y una pregunta puede ser síntoma de locura.
Pero que no se confundan.
Esta locura fué fomentada por una escuela que me enseñaba a que estos síntomas que hoy llaman locura, eran en realidad muestras de lucidez.
Pero esa escuela ya no existe.
Y duele acostumbrarse a eso.
Una maceta puede ser un balde,
una cuchara, un espejo,
una rama, una varita mágica,
y un mostrador puede ser una barra de un bar, o una muestra de la separación de espacios, bien podría ser una pared para algunos petisos, o un muro para una hormiga.
Un mostrador en una escuela.
Una escuela que (se) creía inclusiva.
Un mostrador que, puesto dentro de un salón al que llegan los estudiantes para sentirse alojados, divide, separa, fracciona y demuestra. Demuestra que allá están ellos, y acá nosotros: los adultos, los que -aparentemente- tenemos el saber y manejamos el poder.
Ellos, los que consideramos alumnos y no estudiantes, están del otro lado.
Hasta hace poco estaban ENTRE nosotros pero claro, esta escuela no está por fuera de la sociedad.
Una sociedad que en cuanto siente la inclusón, excluye.
Y no, no es sólo un mostrador.
Consulto a cuanto ser humano se me cruzó dentro de la insitución y nadie sabe bien quien lo colocó allí ni porqué. Y me miran como a una loca, que pregunta sinsentido "porque no está bien y jode con boludeces."
Y no. No estoy bien. No entiendo porqué.
Porqué separar a los estudiantes de los preceptores que hasta ese día los alojaban.
Porqué no preguntarse por la colocación de un mueble innecesario para todos.
Porqué quedarse de brazos cruzados ante la pregunta ajena.
Y así, cuando entra una basurita en el ojo y uno no puede seguir. O cuando intentamos recordar algo y nuestra memoria nos juega una mala pasada. Así me quedé yo. Mal. Molesta. Inquieta. Ansiosa.
Descreida de aquella que supo ser mi escuela y me alojó en casi todas las etapas de mi vida.
Una escuela que incluía y hoy me expulsa.
A mi y a cuanto niñojovenadolescentepadremadretutoroencargado se digne a cruzarse.
Escuela en la que no existe la intimidad de las problemáticas singulares.
Puede que sea una expresión local de un malestar social.
Está bien, lo entiendo.
Una escuela puede ser un dato.
Tanto como un mostrador puede ser un indicador de políticas educativas.
Y una pregunta puede ser síntoma de locura.
Pero que no se confundan.
Esta locura fué fomentada por una escuela que me enseñaba a que estos síntomas que hoy llaman locura, eran en realidad muestras de lucidez.
Pero esa escuela ya no existe.
Y duele acostumbrarse a eso.
viernes, 20 de septiembre de 2013
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